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¡Tengo
teatro!”, le decía un alumno de Gaztelueta de ocho o nueve años a
una persona mayor que se cruzaba con él en esos momentos, junto al
emblemático mástil del colegio: el niño, camino del Polideportivo y
su interlocutor, profesor hacia el chalet. El gesto de alegría
compartida del adulto no le pareció suficiente al pequeño, y como si
necesitara explicarlo mejor, cuando ya se habían distanciado un poco
más, se volvió y le dijo: “tengo teatro, ¡ahora!”.
Esta
anécdota ocurrida hace algunos meses refleja la capacidad de ilusión
de los niños. La ilusión necesita ser compartida. Si no se comparte
no es del todo ilusión. ¡Cuánto tenemos que aprender de los niños!
Se
acerca la Navidad. Celebramos la venida de Dios a la tierra, su
Encarnación, y se hace Niño para que nos acerquemos a Él con
confianza. De todas las celebraciones cristianas el nacimiento de
Jesús en Belén es la que mejor entienden los niños: es su fiesta, la
fiesta de los niños.
Todos
recordamos nuestras navidades cuando éramos pequeños. Por lo general
esos recuerdos están llenos de encanto, de ternura, de felicidad
sencilla. ¡Qué buen momento estos próximos días para que padres y
madres se hagan niños con sus hijos pequeños! Niños en la ilusión,
que tiene un fundamento objetivo, real: el misterio del amor de Dios
a los hombres. Se toca este misterio con los hijos al poner el
“nacimiento” con ellos, se manifiesta la alegría de la Navidad
escuchando y cantando villancicos. Y al felicitar a otros estos días
que no sustituyamos la palabra Navidad (viene de natividad,
nacimiento) por las palabras fiestas: es un modo pequeño, modesto,
pero positivo, de contribuir a cristianizar la sociedad.
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